La noche electoral, en la sede del PP tardaron algo más en entender que estaba ocurriendo. El estupor inicial se transformó en un escalofrío cuando a las nueve y media, ya con más del 60% de los votos escrutados, sus dirigentes comprendieron que no había margen para alcanzar el Gobierno.
A las ocho de la tarde del pasado domingo, el destino de José Antonio Griñán y Javier Arenas parecía decidido de forma inexorable. El sepelio político del primero estaba organizado: sus críticos en el PSOE estaban dando las últimas puntadas a una sublevación que iba a cuajar en las siguientes horas con la petición de una gestora.
Las urnas han situado a la izquierda ante un reto enorme: Andalucía, con una población de 8,4 millones de habitantes y una superficie de más de 87.000 kms2, sería un país mediano en la Unión Europea de los 27. Su población supera la de 12 estados de la UE y su superficie, la de 13.
Se diga lo que se diga, los andaluces resolvieron con una fina sabiduría el complicado dilema del 25M: han castigado al PSOE (que ya no es la primera fuerza en la comunidad y pierde más de 600.000 votos en cuatro años); otorgan una oportunidad histórica a IU y se han negado a dar al PP un poder total en Andalucía y en España.